Domingo XXIV: Jesús, un Mesías para los que sufren

Evangelio según San Marcos 8, 27-35


Un Mesías, esa era la gran esperanza del pueblo de Israel. Este pueblo, al repasar su pasado, era muy consciente de que Dios caminaba con ellos e irrumpía constantemente su historia. Por eso, esta historia era una “Historia de Salvación” porque en medio de los acontecimientos, especialmente en medio del sufrimiento, era donde Dios actuaba y salvaba a su pueblo. Por eso mismo, la promesa de un Mesías causaba gran expectativa en todo Israel. Pero ¿qué mesías esperaban?


En la piedad popular de este pueblo existía gran expectativa sobre este mesías, este ungido por Dios. Para algunos el mesías debía estar vinculado al Templo, a los sacrificios, al culto, como un gran sacerdote que agradara a Dios en nombre del pueblo. Por otro lado, muchos esperaban a un mesías que volviera a unificar a Israel, hacerlo una sola gran nación como en los tiempos de David. Junto a esto, algunos iban más allá, y esperaban a un mesías libertador y fuerte, que luchara contra la opresión política que el pueblo vivía.


Ante estas expectativas, Jesús se presenta como un mesías diferente, un mesías que debe sufrir, que será humillado y que resucitará al tercer día. ¿Cómo seguir a un mesías así?


Precisamente, Jesús iba adquiriendo fama y renombre en cada paso que daba. Su palabras y milagros impactaban tanto los ánimos de este pueblo expectante que no en pocas ocasiones intentaron seguramente hacerlo rey. Ante esta fama, los discípulos, se sentían especialmente seguros y cómodos, pues seguir a alguien de tal renombre era un honor.


De ahí que, ante las palabras directas de Jesús sobre el sufrimiento, Pedro y los otros quedan consternados, perplejos. ¿Qué sentido tiene el sufrimiento y la cruz en este mesías?


Esta realidad nos invita también a cuestionarnos hoy, y repensar ¿Qué esperamos de Jesús para nuestra vida? Constantemente vemos en la fe un lugar donde la duda y el sufrimiento no tienen cabida. Por eso, tenemos constantemente la tentación de hacer de la fe una fortaleza cerrada y endurecida, una coraza para nuestro corazón que aleje el sufrimiento propio, y lo que es más triste, que aleje el sufrimiento de los demás.


No por nada, en la segunda lectura, la Carta de Santiago nos interpela sobre una fe que se conmueve ante el sufrimiento del hermano y se mueve en su ayuda por medio de las obras. No basta solo creer, la verdadera fe nos mueve y nos impulsa hacia los demás, nos hace preocuparnos y ocuparnos por el sufrimiento del otro.


Jesús es un mesías diferente, un mesías que, como lo profetizó Isaías, sufre en carne propia el dolor. Jesús sufre en la cruz por los pecados de cada uno, también por las injusticias de un sistema social al que se opuso hasta el final con su amor, misericordia y compasión. De esa manera, los cristianos, los que creemos que Jesús es el Mesías prometido para el mundo, hemos de hacer nuestro el dolor, contemplar la cruz el sufrimiento y vivirlo de una manera diferente. Así mismo, estamos llamados a ver en el sufrimiento de los pobres y excluidos de hoy, el sufrimiento de Jesús, y sanarlo paulatinamente con los valores del Reino.


Vivamos como ese pueblo humilde, consciente de que Dios irrumpe en medio de nuestra historia y dolor, que sufre con nosotros y nos llama a una vida nueva, la vida del Reino, que comienza aquí y ahora y llegará a su plenitud en el banquete eterno. Que nuestra eucaristía sea anuncio de este mesías, que murió y nos dio vida eterna, que, en la vida, cada vez que comamos de este pan y bebamos de su sangre, anunciemos su muerte y resurrección hasta que Él vuelva.


Para meditar esta semana:


¿Qué seguridades me da la fe en Jesús? ¿Qué espero de Él para mi vida? ¿Cómo vivo el dolor propio? ¿Cómo mi ve me conmueve o mueve ante el sufrimiento de los demás? ¿Es la eucaristía un lugar para redimensionar el sufrimiento en atención a la cruz? ¿Cómo hago presente el Reino de Jesús, el Mesías, en mi entorno cotidiano?





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