Domingo XXII: ¿Qué nos guardamos en el corazón?

San Marcos 7,1-8.14-15.21-23


Hemos concluido la lectura del capítulo 6 del evangelio de San Juan, con el cual, hemos meditado durante cinco domingos el discurso del Pan de Vida.


Hoy volvemos a leer el evangelio de Marcos, ¡y de qué forma volvemos! Este domingo el Señor nos invita a contemplar el misterioso corazón de los hombres y preguntarnos ¿Qué nos guardamos dentro?

El libro del Deuteronomio nos hace mirar el momento donde Moisés entrega la Ley al pueblo de Israel, como condición elemental antes de ingresar a la tierra prometida. La Ley, los mandamientos de Dios, se convertirían desde ahí en la base fundamental de la fe de Israel. Guardar la Ley y ponerla en práctica era sinónimo de estar bien con Dios, de ser reconocido en la comunidad.


Generalmente todo el mundo da por sabido que el Pueblo de Israel se olvida de lo primordial de la Ley, y es verdad. Al poner atención en la formalidad y cumplir cada detalle minuciosamente se olvidaron de lo que más tarde la Carta de Santiago llamaría algo así como: “La verdadera religión”, es decir, el amor, la misericordia, la caridad.


Pero el episodio del Deuteronomio nos puede decir mucho más que esto. La Ley era un camino, era un signo claro y concreto de Dios que, a diferencia de los dioses de los demás pueblos, caminaba con ellos y estaba sumamente cerca de este pueblo que había vivido tantas experiencias de dolor y esperanza. Era un motivo de orgullo, pues Dios no permitió que este pueblo vagara en el desierto sin un rumbo, condujo sus corazones hacia Él por medio de una ley inscrita en los corazones de esos hombres y mujeres que vivieron la experiencia de la liberación.


Jesús habla a esos mismos corazones en los cuales fueron inscritas las palabras de la Ley. Los remece con palabras duras y directas. Hipócritas aquellos que honran a Dios con lo exterior y no con el corazón.

Hoy las palabras de Jesús resuenan con suma vitalidad y cercanía y nos hacen preguntarnos ¿Dónde está puesto nuestro corazón? El Voluntas Dei vive la presencia de Dios como el primer elemento de su vida espiritual, es la presencia de Dios la que mueve al cristiano a tener actitudes de vida que reflejen a Dios en lo cotidiano. Un corazón cercano a Dios, que habita en su presencia es un corazón abierto, atento a las necesidades de los otros, capaz de amar sin criticar y servir sin quejarse.


En la vida parroquial, también en el trabajo y la familia, tenemos más de una manera de endurecer el corazón a esta presencia del Señor. Así, la fe se vuelve externa, un rito sin contenido, una costumbre social, le empieza a faltar caridad, compasión por los demás y termina por faltarle incluso la sonrisa y la paz necesaria para anunciar el evangelio.


El salmo es un hermoso recuerdo en el día a día, que nos invita a preguntarnos ¿Cuál es la condición primordial para permanecer en el Señor? ¿Qué necesito para habitar en su casa? Al rezar con este salmo pensemos en estas palabras como un camino, como un desafío a vivir con el corazón centrado en el Señor y no tanto en las costumbres. Estas no son malas, pero sin Dios se vuelven inútiles. Con Dios nuestras tradiciones y costumbres para expresar la fe se mantienen abiertas y dinámicas, atentas a las necesidades de los demás.


¿Qué debemos guardarnos entonces en el corazón? A Dios, a su palabra, a sus privilegiados: los pobres, el prójimo, el que vive a mi lado y no conoce lo bien que nos hace creer en Jesús.


Un lindo fin de semana!


Nicolás Pallauta, ivDei

Para reflexionar esta semana:


¿Qué guardo en el corazón? Revisa esta semana tus costumbres, tus maneras de ser, tus maneras de tratar a los demás ¿Qué tanto tienen de Dios? ¿Cómo acerco más mi corazón al Señor? ¿Que personas en mi alrededor viven su fe pendiente de lo externo? ¿Qué testimonio puedo entregarles?



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