La clase media de la santidad

El día de los Institutos Seculares es celebrado en Chile con la Fiesta litúrgica de la visitación. Este día es una ocasión propicia para recordar los aspectos más elementales de nuestra vocación, una muy particular, novedosa y un tanto desconocida en la vida de la Iglesia. También es un día para mirar a María, quién en la cotidianidad consagró su vida a Dios, disponiéndose al servicio, entregándose en medio de las realidades temporales. Al visitar a su prima Isabel, María se pone al servicio del hoy, del momento presente, santificándolo con su actitud de entrega generosa, con su “fiat”. Aprovechando este día y meditando la figura de María, repasemos algunos datos que nos ayude a entender mejor qué son los Institutos Seculares.


Si comparamos los Institutos Seculares con las grandes ordenes de antaño, podríamos ciertamente decir que los institutos seculares son una realidad todavía joven en la historia de la Iglesia. Surgen en la primera mitad del siglo XIX y son aprobados por el Papa Pío XII en 1947 mediante la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia.


Más allá de la historia, la llegada de los Institutos Seculares significa la apertura de un nuevo camino para consagrarse a Dios. Hasta entonces, quién deseaba vivir los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad debían abandonar su ambiente cotidiano en el mundo para internarse en un convento o casa religiosa. No obstante, no todos estaban llamados a esto. Con los Institutos Seculares quienes quisieran entregar su vida a Dios, podrían hacerlo estado de vida laical en la Iglesia.

Así, uniendo secularidad y consagración una persona común y corriente, (médico, mamá, viudos, abogado, profesor, agricultor, dueño de casa, mecánico, cocinero) podría entregar su vida y su oficio a Dios sin dejar de trabajar, abandonar su casa, o movilizarse a otro lugar. Vivir en medio del mundo es su misión y santificarlo desde adentro su objetivo.


Para un consagrado secular, el mundo, las calles, su trabajo, su familia, es decir, las condiciones donde se tejen su existencia, es la tierra de misión. Ser miembro de un Instituto Secular le exige a cada uno hacer lo de siempre, pero hacerlo al modo del evangelio. Santificar lo que hacen, llevando a Dios a cada espacio.


La levadura en la masa, la sal de la tierra, la luz en el mundo son figuras del evangelio sumamente apropiadas para ilustrar nuestra misión. ¿Puede alguien acaso ver la sal en un plato de sopa? Aun así, ese plato de sopa perdería su sabor si esa sal no estuviera. Los consagrados seculares entregan al mundo ese sabor de Dios, esa fuerza del evangelio. Como lo diría el Papa Benedicto XVI: “Así, como la levadura que hace fermentar toda la harina, así sea vuestra vida, a veces silenciosa y oculta, pero siempre positiva y estimulante, capaz de generar esperanza”.


Nuestro esfuerzo está en santificar el mundo con lo que haces cada día, sin un distintivo o hábito, esforzándose que su vida sea la mejor manera de predicar a Jesús. El mundo es para nosotros el lugar propio de nuestra responsabilidad cristiana (Pablo VI), el mundo es nuestro convento, el lugar para consagrarnos a Dios con lo que hacemos.


El mismo Papa Francisco nos animaba en un encuentro con miembros de Institutos Seculares donde nos decía: “Institutos seculares: vuestra vocación es fascinante, porque es una vocación justo ahí, donde se juega la salvación no sólo de la personas, sino también de las instituciones”. Precisamente, su última exhortación apostólica “Gaudate et Exultate”, es una buena síntesis sobre lo que significa vivir la santidad de lo cotidiano, en las condiciones y contratiempos del mundo actual. A estas personas llama cariñosamente “La clase media de la Santidad” cuando nos dice: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».


Anímate a seguir conociendo más sobre esta nueva forma de consagrarte a Dios sin dejar lo que haces, a quienes quieres, lo que eres. Anímate y busca el lugar adecuado donde Dios quiere que seas sal y luz. Permanece en el mundo, para transformarlo desde adentro.



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