Los Institutos Seculares, Frutos del Espíritu Santo


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Preparando la celebración del Día Mundial de los Institutos Seculares este domingo 31 de mayo, les compartimos una reflexión sobre esta celebración.

Según el Código de Derecho Canónico, “Un Instituto Secular es un Instituto de Vida Consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él.” (CIC. 710).


Nuestra historia parte por allá por la primera mitad del pasado siglo XlX y la aprobación se da a través de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia del entonces Sumo Pontífice Pío Xll, en el año 1947, además de todas las precisiones dadas en 1948 por el Motu proprio Primo Feliciter. Desde aquel lejano 1947, se da una nueva forma para vivir la consagración a Dios, puesto que ya no existen sólo las Órdenes y congregaciones religiosas porque aparecen los Institutos Seculares, los que permiten que quienes quieran vivir la consagración a través de los consejos evangélicos de la pobreza, obediencia y castidad, lo hagan en medio del mundo sin ser del mundo y allí, desde su opción de vida busquen la santidad propia y la del mundo, lo que en definitiva marca lo que es propio de un Instituto Secular, ser como la levadura en la masa (cf. Mt.13,33), cada uno desde su estado, ya sea laical o clerical, encarnado en el mundo.


La consagración secular de cada uno de los miembros de los Institutos Seculares, dentro de los cuales está nuestro Instituto Secular Voluntas Dei, no es creación de cada uno, sino que obra y fruto del Espíritu Santo que insufla sobre hombres y mujeres, distintos carismas para ser vividos en una auténtica y fiel consagración.

Entre muchas características de los institutos seculares, quiero invitarlos a que nos detengamos sólo en dos, que son las que meditamos en el retiro espiritual del año 2014 en el equipo Nuestra Señora de Guadalupe. Estas dos características son el discipulado y el apostolado.

  • Llamados al discipulado

La diferencia entre los grandes maestros de la época y Jesús es que aquellos eran buscados por sus discípulos y Jesús, el Maestro es quien personalmente se busca discípulos, los llama (Jn. 1,43) y luego de formarlos como tal los envía transformándolos en apóstoles (Mt. 10,5-15).

El discípulo es un hombre o mujer que sigue a un maestro para aprender de él y poner en práctica sus muchas y sabias enseñanzas. El discípulo cristiano es aquel o aquella que habiendo escuchado la voz de Dios que lo invita a seguirle, acoge la palabra en su corazón, la hace suya y se deja transformar por Dios para hacer vida las enseñanzas de Cristo, su Maestro, quien no solo enseña con su palabra sino que también con su ejemplo de vida.

El Maestro llama a los que quiere, cuando quiere y como quiere (Mt. 20,1-16), sin importar quien sea, a los llamados los capacita para la misión encomendada y el único requisito, por decirlo de alguna forma, es estar dispuesto a seguirle. El llamado es claro “ven y sígueme” (Lc. 18,22), ¿y la respuesta?, mi respuesta, tu respuesta, nuestra respuesta.

Nuestro llamado al discipulado es fruto de la oración de Jesús, ustedes y yo, nuestro Instituto, somos fruto de la oración de Jesús igual que lo hizo con los 12 (Lc. 6,12-16), Él tomó la iniciativa, nos buscó, nos encontró, nos vocacionó y nos llamó. Así, el que estemos en Voluntas Dei, que seamos parte de esta gran y hermosa familia, o que estemos dando los primeros pasos en el conocimiento de esta familia, no es porque a nosotros nos nación, no es nuestra iniciativa, es porque Jesús, el Maestro nos ha llamado a ser sus discípulos en medio de esta familia espiritual, así, nosotros solo nos hemos limitado a escuchar ese llamado y responder con lo que somos y tenemos.

Estamos viviendo estas horas de gracia, este hermoso regalo de Dios en este Instituto, pero sabiendo que el llamado es a cumplir una misión en la Iglesia, para preñar el mundo con el amor de Dios, transformándonos en los teolocos de Dios. Por tanto, más que un grupo de amigos, somos quienes habiendo sido llamados al discipulado, con luces y sombras, hemos respondido, diciendo con Samuel “Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Sam. 3,10) y con el salmista “Aquí estoy, para hacer tu voluntad” (Sal. 39,8).


  • Enviados al apostolado

Para ser apóstol, primero debemos ser discípulos, porque en el discipulado aprendemos de la palabra y el testimonio del Maestro y en el apostolado vamos a dar testimonio, a cumplir la misión encomendada en el periodo de discipulado.

En nuestro caso particular, como discípulos de Cristo y como apóstoles suyos, partícipes de esta familia Voluntas Dei, tenemos la hermosa misión de ser los continuadores, de la obra de Cristo, porque es Él quien quiere, a través de nosotros, hombres y mujeres, a través de nuestra vida, seguir cumpliendo la voluntad del Padre en el mundo, tal como lo expresa claramente nuestro carisma. “Ser, a la manera de la Virgen de la Anunciación, el instrumento de Cristo quien vive la voluntad del Padre en el realismo del momento presente, en pleno mundo, “en todas partes donde Cristo tiene sus derechos.”

Ustedes y yo fuimos llamados, convocados por el Maestro, como Iglesia para ser los continuadores de la misión fundamental que esta tiene, a saber, la evangelización, "Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura" (Mc. 16,15), de este texto se desprende la tarea primera y principal que Jesús da todos y cada uno de sus discípulos es la proclamación de la Buena Nueva, esto es evangelizar (cf. Mc 16, 15-18). De modo que, evangelizar es la misión de la Iglesia, ser portadora de Cristo, lo que le da su identidad y vocación desde su nacimiento hasta el final de los tiempos. Desde aquel día, la Iglesia, siguiendo el mandato de su fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres (AG 1), “El sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tiemblas y en sombras de muerte” (Lc. 1,78-79) y a quien se entrega lo que somos y tenemos; a su misericordia nuestro pasado, a su providencia nuestro futuro y a su amor nuestro presente.

Sabiendo que la misión de la Iglesia es evangelizar y que evangelizar es ser portadora de Cristo, ella ha vivido su misión por más de dos mil años, iluminando las realidades de la humanidad, pero no solo ha hecho el anunció de su Esposo, sino que también lo que ello implica, denunciar las situaciones de injusticia que afectan a los hombres y mujeres de todos los tiempos, especialmente cuando la dignidad está en juego.

Y si la Iglesia somos cada uno de nosotros también, su misión de evangelización es nuestra misión, más aún, si somos parte de un Instituto secular y más aún, si somos quienes conformamos el Instituto Secular Clerical Voluntas Dei, debemos invertir tiempo en esta tarea.

El discípulo que da el paso al apostolado es un testigo en medio del mundo, testigo del amor y de la infinita misericordia de Dios con sus hijos y predica no su vida, no su mensaje, sino la vida de Aquel que lo llamó y lo envió en misión. Anuncia a Jesús que lo llamó para que estuviese con Él y que lo llamó para enviarlo a predicar, con la palabra y el testimonio de vida, para que el mundo tenga vida y vida en abundancia (cf. Jn. 10,10).

Quienes conformar los Institutos Seculares, en palabras del Papa, son quienes, estando en el mundo sin ser de él, logran la inculturación del Evangelio, con la palabra y el testimonio de vida, en todas las realidades sociales, sin imponer sino ofreciendo no un mensaje, sino una persona, la persona de Jesús y su amor, quien transforma y sana al hombre íntegro.

Este es un deber de todos los bautizados, desde el Papa hasta el último de los bautizados, es nuestro deber, para eso existimos, para eso somos parte de este Instituto.


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