Reflexiones de la Pascua: La vigilia pascual

Hemos llegado al día tan esperado por la Iglesia, día en que celebramos la madre de todas las vigilias, que celebra alegremente el triunfo de Jesús sobre la muerte. Atrás a quedado el doloroso viernes santo, atrás ha quedado el silencioso sábado santo, atrás quedaron las dudas, la desesperanza, porque contemplamos con gozo y alegría jubilar el cumplimiento de la palabra del mismo Jesús, quien había anunciado que en tres días levantaría el templo y es lo que ha hecho, en tres días ha levantado el templo de su cuerpo, venciendo de esta forma al enemigo último, la muerte.


La vigilia pascual está llena de signos, solo nos detendremos en algunos. Al inicio, en la oscuridad, ha avanzado el cirio, signo preclaro de Cristo Resucitado que viene a vencer todas las oscuridades de nuestra vida, por lo mismo es que Él es el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Así también, el Pregón llama al mundo, a nuestra Madre la Iglesia a exultar de gozo por el triunfo de Cristo, Rey victorioso que libera de las tinieblas y las esclavitudes, oh feliz culpa que mereció tal redentor. Jesucristo, manifestación plena, total y definitiva del Padre, se sabe enviado, conoce y asume como Servidor y Salvador, por eso es que desde su trono de amor, la Cruz, no sólo intercede por nosotros al decir, Padre perdónalos, sino que va más allá, como nadie lo ha hecho, nos justifica diciendo, porque no saben o que hacen. Ese es Jesús, ese que se abraza de la Cruz y desde lo alto, clavado en ella, nos contempla con amor, misericordia y sentimientos de perdón. Pero la Cruz no es lo definitivo, es sólo un momento, sólo el paso para llegar a lo concluyente, a lo total, a la resurrección, lo central de nuestra fe, porque si Cristo no hubiera resucitado, como dice Pablo, vana sería nuestra fe.


En la liturgia de la palabra hemos releído junto a toda la Iglesia, la historia de Israel, momento central de la historia de la salvación que Dios creó en un desborde de amor por sus hijos, para que ninguno de ellos se pierda, sino que encuentren salvación y vida eterna. Es la iniciativa divina, es la acción de Dios que no escatimó nada para salvarnos, a tal punto que envió a su propio Hijo par que nos rescatara y uniera lo que el pecado había roto. Qué paradoja, la muerte de uno es la vida de todos, la muerte del Maestro es mi vida, es su vida, es nuestro rescate. Eso es amor, eso es generosidad, ese es nuestro Dios. Es nuestra historia de la salvación que contempla Cruz y Sepulcro vacío, es justamente lo que las mujeres piadosas que fueron de madrugada a la tumba no habían asimilado aún, por lo mismo que al llegar y ver la tumba vacía, primero hay temor y luego desconcierto para pasar a la alegría de la resurrección que contempla para ellas y en ellas para nosotros, una misión, vayan y anuncien que Cristo ha resucitado para la salvación del mundo y con ello se nos abren las puertas a nuestra propia resurrección.


Entonces debemos preguntarnos de qué nos hace resucitar Cristo, a lo que respondemos, a la vida de oscuridad que el pecado obra en nosotros, aunque no queremos tenerla para resucitar a la vida de la gracias; a la vida de egoísmo para resucitar a la vida de caridad y solidaridad hecha carne en el amor a los hermanos al estilo de Cristo, amando con la medida del amor que es amar sin medida; a la vida incredulidad para resucitar a la vida de fe que nos lleve a preguntarnos a diario ¿qué haría Cristo en mi lugar?; a la vida impía para resucitar a la vida de oración que es el diálogo íntimo y fecundo con el Dios Vivo y Verdadero; a la vida de la carne para resucitar a la vida del espiritual que nos lleva a perfumar el mundo con la suavidad del aroma de Cristo; a la vida ligth guiada por el consumismo, el hedonismo, la permisividad, la relatividad y el materialismo para resucitar a la vida de abandono total en Dios para que Él haga con nosotros su santa voluntad; a la vida de relativizar lo absoluto y absolutizar lo relativo para resucitar a tener a Cristo como centro de nuestra vida; de la cultura de la muerte para resucitar al respeto y defensa de la vida desde el momento mismo de la concepción hasta su muerte natural. Resucitar para cantar con Pablo, ya no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí.


Que María Santísima nuestra protectora nos auxilie para vivir la resurrección como una revocación de la vida y un testimonio de su Hijo para ser voluntad de Dios en el mundo.


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