Generalmente contamos tres fases de la oración: meditación, oración, contemplación... Estas formas de oración se suceden, se intercambian. En el Evangelio encontramos numerosos ejemplos de ellas: María Magdalena, los discípulos de Emaús, Zaquéo.

Padre Louis Marie Parent

La meditación: Rezo con mi cabeza, me apoyo en algunos textos, en algunos testimonios, en las actitudes de los demás. Me alimento de los demás, leo, observo, escucho, almaceno, analizo, sintetizo, estructuro mi pensamiento, trabajo como la abeja, que recorre a veces hasta 25 kilómetros por día para encontrar la materia para hacer la miel.

En la oración del corazón, es la abeja que vuelve a la colmena y prepara su miel. Es un diálogo con Dios. La conversación sencilla, confiada, estimulante hace viva mi presencia de Dios. Hablo, escucho, oigo, amo a Dios y se lo digo, sin buscar términos, me mantengo normal, natural. Pregunto, me excuso, me acuso, soy abierto, no tengo nada que ocultar. Agradezco, alabo, adoro, estoy bien, lo siento en mí, estoy contento de Él, sufro con Él y Él en mí. 

Todo el ser ora. Todo el ser está impregnado de Dios, Padre, o Hijo, o Espíritu Santo. Los gestos, las palabras, los pensamientos son superfluos. Mi silencio encuentra el silencio de Cristo que derrama en mí su propia paz. Me siento agarrado, envuelto sin sentir la menor dominación. Todo el ser está sumergido en la oración. 

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